¿Somos más libres en materia sexual?
|
"Sexualidad" palabra satanizada en otras épocas, condenada a un silencio discursivo, un silencio que gritaba aullidos de una carne mañatada; Hoy ella se nos presenta y aparece todo el tiempo, en revistas, radio, televisión. Ya no nos sonrojamos tanto el evocar su otrora significado prohibido por el tabú, y sin embargo ¿sabemos y vivenciamos a profundo y libremente lo que es la sexualidad?, ¿somos verdaderamente concientes de su omnipresencia energética y evocante de vida (no solo en un sentido reproductivo)?...
Este nuevo siglo y milenio, este "posmodernismo" con sus globalizaciones, avances tecnológicos, vertiginosidad y cambios a nivel de la subjetividad humana, nos ha impuesto el mandato de gozar, de disfrutar el hoy ante un futuro que se nos dibuja incierto, generando así muchas veces vivencias, vínculos e ideologías efímeras al mejor estilo de las modas, sintiendo de cerca la nostálgica certeza de que “el amor no es para toda la vida”. Una época que pone su acento en la imagen del cuerpo, pero un cuerpo siempre joven como sinónimo de sanidad, haciéndonos vivir el proceso de envejecimiento cada vez con más angustia. Una época que nos propone hablar todo sin guardarnos nada, hacer público lo privado, en una suerte de "streep tease" afectivo.
Los tan comunes y familiares "talk shows" televisivos, nos muestran sistemáticamente las intimidades de las personas como parte de un espectáculo de un muy caro ratting, dando igual si se trata de una mujer golpeada por su pareja varón o una persona transexual hablando de su cirugía. Sentados/as ante el televisor, control remoto en mano, hacemos zapping de canales (¿y de personas? ¿y de afectos?), dejándonos la sensación de que "ya nada nos sorprende", cosa que por cierto es muy positiva en tanto nos permite aceptar la compleja diversidad humana (y por lo tanto nuestra propia complejidad también) sin creer que lo válido únicamente es lo que vivimos en nuestra "aldea", pero a la vez también nos deja en una especie de "anestesia emocional" que nos impide cuestionar, entender y aceptar solidariamente la variedad de comportamientos humanos existentes, y en su lugar nos quedamos con el discurso de moda: "que cada uno haga lo que quiera siempre y cuando a mi no me afecte".
Es entonces que ante toda esta metralleta de información que recibimos, nos queda sobrevolando la idea de que "ya no queda bien ser prejuiciosos/as en materia sexual", idea que por cierto no escapa a una ambigüedad contradictoria ya que ¿realmente hemos dejado de serlo? ¿es que acaso podemos decir abiertamente que somos más libres, felices y respetuosos/as de las diferencias en materia sexual, intentando convencernos que la propuesta de la revolución sexual de los 60 se concretó al fin? ¿o es que tal vez a veces nos quedamos con slogans huecos cuyo objetivo no es más que ocultar un otro significado, tras un paradójico mensaje de tolerancia social y bienestar personal?...
¿AÚN PERSISTEN LOS VIEJOS MITOS?
Ríos de tinta e imágenes que nos acribillan desde los medios nos informan sobre la sexualidad, y sin embargo los/as sexólogos/as continuamos recibiendo en nuestros consultorios personas desorientadas y angustiadas por sus disfunciones sexuales, muchas veces a causa de la persistencia de mitos y prejuicios fuertemente arraigados. Seguimos presenciando (no sin denunciar y trabajar para que ello cambie) como muchos de los países de nuestra América continúan sin Educación Sexual a nivel del sistema educativo formal, lo cual trae consigo embarazos no deseados, abortos clandestinos (y por tanto en cuestionables condiciones sanitarias), desconocimiento y mal uso del preservativo en lo que hace a la anticoncepción y la prevención de infecciones de transmisión sexual, violencia y discriminación por causas de género, identidad sexual, orientación sexual, raza, clase, etc.
Desde el advenimiento de la píldora anticonceptiva la humanidad ha podido separar radicalmente la función erótica y la función reproductiva de la sexualidad, logrando que el placer sexual tenga validez e independencia por sí solo, y sin embargo nuestra cultura continúa teniendo dificultades con todas aquellas prácticas y actitudes sexuales que se aparten de lo estrictamente reproductivo, ya que lo oficialmente válido en materia sexual, y por tanto entendido como "lo normal", sigue siendo aquello que se da exclusivamente cuando intervienen dos personas, adultas, de distinto sexo, enmarcadas en un vínculo pasible de legalización y entre las cuales se espera que tengan como principal o única práctica sexual el coito vaginal (entrada del pene en la vagina). Todo lo que se aparte de este patrón conllevará distintos grados de sanción social
De hecho también seguimos presenciando rechazos, enjuiciamientos y discriminaciones de todo tipo en el terreno sexual: Existen todavía muchas personas que continúan pensado (e imponiendo esta ideología a los/as demás) que la masturbación o autoestimulación sexual es una práctica perversa en sí misma, manifestando una cierta tolerancia cuando es practicada en la adolescencia (obviamente que solo entre varones), cuando en realidad las investigaciones del estadounidence Alfred Kinsey en la década del 40 mostraron que el 92 % del los varones y el 58 % de las mujeres habían practicado la masturbación finalizándola con orgasmo. A su vez observamos a ancianas y ancianos condenadas/os a una muerte erótica por el discurso de una sexualidad oficialmente joven y adulta, siendo que una vez finalizado el ciclo reproductivo en la mujer se abre un gran espectro en donde lo erótico adquiere una nueva manifestación lejos de las prisas y las ansiedades de los años jóvenes; Por ello cabe preguntarse ¿será que continuamos pensando que la sexualidad acaba luego de la menopausia?... ¿será que seguimos asociando sexualidad con reproducción?...
Si de discriminación se trata tenemos el ejemplo de aquellos/as con orientación del deseo erótico-afectivo hacia personas del mismo sexo, los/as cuales aún ven dificultados sus vínculos a causa de tener que ocultar sus formas de sentir y amar ante una sociedad con claras tendencias homofóbicas, que desconoce el hecho que desde 1973 la Asociación Psiquiátrica Norteamericana dejó de considerar a la atracción entre personas del mismo sexo como una enfermedad mental, y que luego hiciera lo propio la Organización Mundial de la Salud. Una sociedad que desconoce que el 37 % de los varones y el 28% de las mujeres norteamericanos ya en los años 40 y 50 reconocían haber tenido alguna experiencia con personas de su mismo sexo a lo largo de su vida, según demostraron las investigaciones de Kinsey . Una sociedad que aún desconoce las recomendaciones de los organismos internacionales en lo que hace a legislación anti discriminación, parejas de hecho, matrimonio y adopción para personas del mismo sexo; Que desconoce los estudios etnológicos, históricos y etológicos que muestran que la conducta sexual entre miembros del mismo sexo está presente en muchas especies animales y que entre los/as humanos/as ha tenido y tiene diferentes valoraciones en las distintas culturas.
¿Y que sucede con la situación de las mujeres?: Lamentablemente, y a pesar de todos los logros alcanzado por la lucha feminista y el denodado trabajo de muchas organizaciones gubernamentales y no gubernamentales a nivel mundial, continuamos observando como muchas de ellas siguen siendo golpeadas y violadas en las calles y sus hogares, que perciben menor salario que los varones por igual trabajo y capacitación, que se sobrecargan de actividades entre las tareas domésticas y el ámbito laboral oficial. Todo esto sin irnos a áreas geográficas más distantes, en donde el horror misógino (desprecio por todo lo relativo a la mujer) supera barreras inimaginables al estar sustentado en rígidas pautas culturales y religiosas. Ejemplos de esto son las clitoridectomías rituales (extirpación del clítoris) en Egipto y países de fundamentalismo islámico, infibulaciones (extirpación de los labios menores de la vulva), homicidios tolerados ante la infidelidad de la mujer, etc..
Violencia física, psicológica, pero también violencia simbólica, que se encarna en los cuerpos de todos/as los integrantes de la cultura como algo natural hacia las mujeres, construyendo muchas veces trapas y techos que las propias víctimas se autoimponen al interactuar en escenarios claramente asimétricos en derechos.
Claro que muchos/as de nosotros/as tenemos más o menos claro lo que es el machismo, y en absoluto nos identificamos con él, autoconvenciéndonos de ser personas civilizadas, informadas, desprejuiciadas, anti sexistas, anti homófobas, anti racistas, anti xenófobas, anti, anti, anti, pero ¿realmente es así?...
En nuestra práctica profesional por ejemplo observamos como muchas personas que ejercen la función madre y/o padre, continúan boicoteando las actividades en educación sexual que planificamos con sus hijos/as, creyendo que el hablar sobre estos temas "degeneraría la pureza e inocencia del infante", con lo cual evidencian claramente la falsa creencia que indica que la sexualidad comienza recién después de la pubertad, y que lo sexual sería algo que torna “culpable” a la persona o corrompe un estado de pureza original.
A su vez si afinamos la mirada a los mensajes que los mass media emiten, comprobaremos que continúan reproduciendo los estereotipos de género clásicos de mujer y varón, propios de nuestra cultura sexista y de tradición judeo cristiana sexofóbica, en donde rige una doble moral para lo masculino y lo femenino: El género telenovela o culebrón a nivel latinoamericano por ejemplo, evidencia la permanencia de la ideología machista al dividir a las mujeres en buenas y malas, según si perpetúan o no el modelo de castidad o de sexo exclusivamente con amor; aspecto este que no se le exige por cierto al varón. Con respecto a muchas de las películas que consumimos, podemos apreciar en ellas como continúan explotando el modelo de “héroe solitario”, en donde el personaje varón vive aventuras por demás angustiantes y en ningún momento denota debilidad o temor, salvando y rescatando a la mujer, la cual es colocada en el lugar de débil y desamparada, al mejor estilo de los cuentos clásicos infantiles como la “Bella Durmiente” o “Blancanieves”, en donde el activo beso masculino “da vida” a la pasiva y débil mujer.
Es también interesante observar como el tan manido "orgasmo femenino" (constituido hoy como una meta obligatoria para muchas mujeres porque "hay que sentir placer a toda costa sin revisar demasiado nuestra vida") continúa inhibiéndose, y muchas veces por un total desconocimiento por parte de la mujer (y del varón) de su propio cuerpo y de su propia anatomía sexual, de esa zona entre las piernas en donde "como NADA cuelga, NADA hay para explorar", cumpliendo con una tradición cultural de definir a la mujer desde la FALTA, negando la existencia de la vulva (órgano genital externo de la mujer). Esto último lo observamos claramente en la clásica explicación que muchas/os madres y padres dan a sus hijas e hijos con relación a la diferencia entre los sexos: "los varones tienen pene y las niñas NO".
"Orgasmo de mujer", orgasmo que muchas veces también es fingido para salir "bien parada", al mejor estilo del patrón de funcionamiento sexual masculino del "siempre listo", o para no herir eso tan frágil como es el ego masculino que nuestra cultura ha construido en el varón, constituyendo por otra parte hoy por hoy a muchos varones heterosexuales en "máquinas productoras de orgasmos en mujeres"
Si pensamos en los tan importantes avances científico-tecnológicos en el campo médico-farmacológico, al parecer ellos están dando respuestas, entre otras cosas, a esta sexualidad de cantidades, de más orgasmos, de más erecciones, más respuestas, sin detenerse siquiera a sentir el cómo, el con quién, el para qué y el porqué de los comportamientos sexuales cuando se está con un/a otro/a.
El Citrato de Sildenafil (inicialmente conocido comercialmente como Viagra) ha sido una gran ayuda terapéutica para el tratamiento de la disfunción eréctil (la antiguamente llamada "impotencia"), y si bien necesita la presencia del deseo sexual para actuar (como si algo del orden de lo sexual no necesitara del deseo) su uso y prescripción muchas veces está respondiendo a mantener una sexualidad centrada estrictamente en la erección, en donde el objetivo es que los cuerpos cavernosos del pene se llenen de sangre para permitir la tumescencia y la rigidez, ignorando lo que ese ser humano está denunciando tal vez con su “dificultad” de erección. Porque si afináramos el oído ante esa fisiología peneana “disfuncional” tal vez descubriríamos que no se puede estar "siempre listo" ante cualquier persona y situación, que una relación sexual no es un acto de "boyscowtismo" ni una "gimnasia sexual", que el varón es algo más que su pene, que stress, exitismo y competitividad del capitalismo salvaje actual deserotiza la vida, que la respuesta sexual de los varones también necesita de estimulación afectiva y erótica para desencadenarse, es decir que la erección no responde a un mecanismo de resorte que se activa tan solo con apretar un botón o tomar un píldora. Que en síntesis, la sexualidad es un sistema de comunicación para gozar, divertirnos, respetarnos en libertad, para crear vida y para trascender, y no para probarnos y probar cosas a los/as otros/as.
CUANDO NI SIQUIERA HAY INFORMACIÓN
Pero cuando hablamos de información sexual también debemos considerar que no a todos/as nosotros/as nos llega por igual; Más allá de la forma particular en que cada uno/a decodifica y resignifica esta información que recibe, filtrándola a través del "colador" que le da su singularidad histórica, étnica, familiar, etc., debemos tener muy presente que la variable socio económica actual determina una cada vez más tajante diferenciación entre estratos sociales, lo cual provoca, entre muchas otras cosas, desiguales posibilidades de acceso materiales y culturales tanto a la información como a los recursos mínimos para la sobrevivencia.
Lo anteriormente planteado determina que nos encontremos con un muy amplio sector de la población mundial sin las mínimas posibilidades para alfabetizarse, con necesidades básicas insatisfechas, con servicios de salud y centros educativos insuficientes, con una expectativa de vida muy inferior a la que el "mundo desarrollado" plantea: En Sierra Leona (Africa) por ejemplo, dicha expectativa de vida es de 34 años, cuando en Montreal (Canadá) es de 78 años. Personas que nunca accedieron ni accederán a Internet, con sus derechos humanos violados cotidianamente, condenadas a niveles de pobreza y marginalidad en progresivo aumento en este, nuestro supuesto mundo globalizado.
Evidentemente que todos estos problemas sociales, económicos y políticos dejan a estas personas en situación de vulnerabilidad para las consecuencias negativas de la desinformación: desconocimiento y/o mal uso de los métodos anticonceptivos; abortos como el principal método de control de la natalidad; conductas sexuales de riesgo en lo que hace a la prevención de las infecciones de transmisión sexual y el VIH-SIDA; explotación sexual de niñas, niños, mujeres y varones, en donde el tercer mundo aporta "el material" para el "turismo sexual" proveniente del primer mundo; "escuadrones de la muerte" o "grupos de limpieza social" que arrasan con personas pobres, negras, transegéneros, niños y niñas, gays, lesbianas; violaciones masivas durante las guerras para "minar la moral del enemigo", etc. etc. etc.
Puede que no queramos escuchar las angustiosas realidades que viven cotidianamente otros seres humanos, y es verdad que a veces resulta todo un desafío no anestesiarnos emocionalmente ante lo que observamos en los noticieros, pero debemos tener presente que somos responsables del tipo de ideología que reproducimos (ya que es inevitable no tenerla) cuando hablamos con nuestros/as amigos/as, con nuestros/as alumnos/as, con nuestros/as hijos/as. Tal vez cabría reflexionar en torno a que no siempre podemos pensar etnocentricamente, es decir creyendo que lo universalmente válido es lo que yo he aprendido, porque eso que aprendí lo incorporé en un momento histórico particular, en una cultura particular, en una sociedad particular, en una comunidad y familia particular, desde el lugar que me da mi historia, mi sexo, mi raza, mi tradición, mi religión, mi sistema de valores morales, y mi situación socio-económica, que me condicionan y hacen que vea las cosas de determinada manera y no de otra.
Por eso es que a veces tendríamos que ser mas cautos/as cuando hacemos determinado tipo de generalizaciones sobre los comportamientos humanos (y en lo sexual esto se vuelve especialmente válido), ya que no solo podemos cometer injusticias por desconocimiento, sino que tal vez también podemos seguir sustentando un sistema que a la larga o a la corta termine por victimizarnos a nosotros/as mismos/as.
CON INFORMACIÓN NO BASTA
Por estos e infinidad de ejemplos más es que tanta información no nos ha hecho tan libres ni tan felices como en un principio creíamos, parece que no es suficiente con leer un libro, o escuchar a un/a sexólogo/a hablar por los medios. Parece que la cosa también pasa por revisarnos a nosotros/as mismos/as, tomar conciencia que hablar, pensar, sentir y hacer en sexualidad tiene que ver con la vida, con nuestra propia historia, con los mensajes que fuimos incorporando en nuestro proceso de socialización al interno de nuestra familia y nuestra comunidad, todo aquello que se nos "ha hecho carne" (prejuicios, mitos, tabúes) que solo se activa cuando estamos ante la situación concreta.
El saber científico y humanista que podamos incorporar en materia sexual no alcanza si lo tragamos entero, si no nos damos el tiempo para masticarlo, degustarlo, digerirlo, asimilarlo, para que ya no funcione como "información válida porque la dijo el Dr. Fulano", sino porque es una certeza que ahora es mía, que es parte de mi nueva carne, una carne lo más desprejuiciada posible, una carne sincera y vibrante con mis deseos y los del otro/a, que me invita a danzar, a jugar, a respetar, a escuchar, en esta sexualidad que está en mi cotidianeidad y no solo cuando tengo relaciones sexuales.
Tengamos en cuenta que recordar es "volver a pasar por el corazón", por lo tanto no vasta con evocar datos vacíos ante los cuales por otra parte corremos el riesgo que se conviertan en nuevos mandatos, de polaridad diferente a los planteados por la moral victoriana represiva, pero mandatos al fin.
Psic. Sex. Ruben Campero
|
| |
|